Entre contenedores

Sarah se quitó la aguja del brazo y la guardó de nuevo en su bolso, para empezar a soñar despierta.
Soñaba con cielos azules y soleadas colinas, con atractivos hombres y dinero en abundancia, con música relajante y la brisa acariciándole el pelo.
Soñaba entre contenedores y gatos viejos en encontrar a su príncipe azul, ese hombre que la hiciera soñar, que la hiciera feliz, y que la llevara a elegantes fiestas de etiqueta.
Soñaba que el SIDA no la estaba matando, que podría tener hijos, soñaba en ponerles nombres exóticos como los famosos y grabar sus estaturas en la pared, que abrazaría a su marido al volver del trabajo y este la besaría tiernamente en la frente mientras sostenía al bebe en brazos.
Soñaba que toda su vida solo avía sido un sueño, que su padrastro no la avía violado, que su hermano estaba vivo, y que su abuela era en realidad una amable ancianita que contaba cuentos...
Pero el sueño se interrumpió. Acababa de llegar un cliente, así que se arremangó la falda, aguantó la nausea y con los ojos cerrados esperó... A ver si despertaba.

